Sebastián Almazán

Como individuo inserto en una sociedad intervenido por la política económica, donde se rige por los mercados financieros, mi situación pasa por ser precaria. La utilización de los materiales en la realización de la obra se ve influida por tal aspecto. Aun así, mi obra, de carácter industrial, reutilizo materiales que pierden su función a través de una construcción con nuevos significados. Esta nueva función que le doy a el material, se convierte al mismo tiempo en una crítica a toda obra posmoderna, si bien me adecúo a los lenguajes referentes durante la últimas décadas del siglo pasado. La posibilidad de construir imágenes reconocibles, se asemeja a la idea pop: de vacuidad. Esto me libera de la conjetura socio económica de la que dependo, en cuanto ser autónomo que es consciente de los límites de la realidad que supera todo discurso de carácter estético.


SeAlquila Mercado

Obama´s Cool
Un lienzo 2,10 m cuadrados. Fondo berenjena. Chinchetas (2.700 unidades)  de tapicería dorada. Un gran retrato de Barak Obama se planta delante nuestro. La silueta dorada del retrato, se complementa con el color morado de la tela y genera un significado simple.
Es una obra que podemos imaginar en el fondo de un restaurante chic o en la pared de una tienda de complementos y ropa en los barrios progres del centro. Esa es la finalidad. Llamar la atención de un potencial comprador, reunirnos en su local y convencerlo a través de la retórica propia de la conceptualidad del arte. Como escusa a un elevado precio. Como fuerza transcendente de una adquisición cuya función es decorativa pero que dispone de una energía  donde fluctúa esa tendencia contagiosa de lo cool. Una suerte de hipnosis, por la cual, el discurso supera la realidad. En este proceso de marketing, de venta de un objeto prescindible, tan característico del consumo influenciado por los mercados, se enmarca la crítica de la representación del arte. Y aún más allá a toda la idea de gestión subordinada y catalogada de la que participan una serie de actores sociales, elevando a la categoría de artista cualquier acto creativo e instrumentalización que se hace sobre una obra de arte. En este escaparate demagógico, un artesano alejado de cualquier contexto propio de lo artístico, puede construir un discurso que supere su funcionalidad. La propia funcionalidad del objeto aderezado por un concepto sesgado de artificio, se convierte en materia de reflexión. No sabemos dónde está el punto de ruptura entre lo artístico y lo decorativo.